Nos dicen que cuando nacemos somos únicos e irrepetibles. Pareciera que a medida que nos desarrollamos olvidamos esa característica exclusiva de nuestro ser. Comenzamos a compararnos con lo que no somos, y miramos lo que no tenemos, en vez de ver todo lo que sí somos. Hay momentos en los que siento un despertar de esa necesidad de comparar, de juzgar por bien o mal, de entender el ser como un deber ser esto o aquello. Esos momentos se potencian cuando siento que alguien me inspira...y me pasa con poca frecuencia, muchas veces siento la ausencia de inspiración. Claro que la inspiración no sólo debe venir de otros, también uno puede ser creativo y buscarla en otras fuentes, además de en otras personas, en uno mismo; pero cuánto ayuda encontrarme en el otro, soñar junto a su sueños, construir juntos el camino, alimentar el alma con el tránsito que lleva al logro... sí, al logro, por que cuando uno pone el corazón en lo que sueña alcanza lo que desea.
Para crecer es necesario construir; para construir es necesario soñar; para soñar es necesario alimentar el alma de miradas positivas, palabras y actos llenos de amor, y coraje, mucho coraje, para emprender una y mil veces el camino deseado.
Cuántos inspiradores escondidos habrá, que ocultan por miedo o vergüenza, su fervor, su pasión, su amor. Que hermoso sería despertar todos juntos e inspirar a los que no tienen fuerzas, a los que no tienen voz, a aquellos que sienten resignación. Pensar en despertar todos parece una gran utopía, pero entonces por qué no hacerlo de a poco, por separado, individualmente, en etapas. Cada inspirador en su entorno, cada ola de a poco renovando el océano...
No hay comentarios:
Publicar un comentario