Extraño Candelaria. No es una persona, es un lugar en el que desde muy chica pase prácticamente todos los domingos con mi familia. Verde absoluto por todos lados, muchos árboles, bichos raros, a veces alguna que otra piel de víbora encontrada. Pomelos, limones, nísperos y mangos. Muchas idas al arroyito a la vuelta de nuestro terreno, con ramas devenidas en espadas personales por si aparecía algo o alguien raro en el camino. Era tan divertido, era un aventura distinta cada semana, a veces con la familia, a veces con amigos e incluso algunas veces sola; bueno, no sola del todo por que mi mente tenía una comunidad entera que siempre me acompañaba.
Después crecí, llegó la adolescencia y cambié los árboles por las luces y la música fuerte. Volvía tan cansada de ir a bailar que no me daba el cuerpo para levantarme los domingos para ir a "Cande".
Ahora, viviendo lejos, cada vez que vuelvo a mi ciudad natal espero ansiosa la ida a ese mundo de recuerdos y fantasía. Está cada vez más hermoso y cada vez que lo dejo me agarra una cosita en la panza, me da pena, siento que lo abandono y que dejo atrás una partecita de mi que en Buenos Aires no encuentra su lugar.
Tal vez en algún momento vuelva y esté más cerca de mi Candelaria, o quizás esa partecita de mi decida mudarse definitivamente a Buenos Aires y establecer a mi persona en un solo espacio. Aunque no hay lugar como ella, porque en ningún otro espacio vi tanto amor reflejado.
Cuando en Candelaria cae la tarde aprecio todo el paisaje como si fuera la última foto que voy a guardar hasta mi próximo regreso, el río se aquieta, algunos pescadores regresan a sus casas, y el horizonte se ve infinito como todas las posibilidades que uno tiene, tanto allá como acá.
Aunque no vuelva definitivamente, tengo a mi Candelaria conmigo, especialmente los domingos. Y aunque no la puedo tocar o mirar, se que alguna vez yo la tuve y ella me tuvo y la puedo recordar.
Cuánto extraño a mi Candelaria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario